“Occidente, en los próximos siglos, deberá entregar decenas de millones de vidas en la guerra contra el Bárbaro y el Falseador. Tiene una voluntad, que no solo ha emergido intacta tras la Segunda Guerra Mundial, sino que ahora está más articulada en toda Europa, y va ganando en fuerza cada año, cada década. Una simple superioridad material no significará gran cosa en una guerra cuya duración se medirá, posiblemente, en siglos. Napoleón sabía, y Occidente sabe todavía, que lo espiritual es esencial en la guerra. El suelo de Europa, sacralizado por ríos de sangre que lo han hecho espiritualmente fértil por un milenio, volverá a ser regado de sangre hasta que los Bárbaros y los Falseadores hayan sido expulsados y la bandera Occidental ondee en su solar patrio desde Gibraltar hasta el Cabo Norte, y desde los rocosos promontorios de Galway hasta los Urales”.
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